Los siguientes son extractos de un proyecto llamado Siembra de plantropocenos. Tomando la forma imposible y casi completamente absurda de una guía paso a paso del Antropoceno, este proyecto responde a llamamientos recientes a formas de fabulación especulativa. Este formato funciona bien para canalizar tanto mi enfado por nuestra situación actual, como mis juguetonas y tiernas (aunque serias) aspiraciones de soñar con mundos diferentes.
Esto no es tanto un ensayo como un encantamiento. Necesitamos recordar que vivimos bajo un hechizo y que ese hechizo está destruyendo nuestros mundos. Es hora de lanzar otro hechizo, de crear otros mundos, de conjurar otros mundos dentro de este mundo. La situación en la que nos encontramos en este momento nos deja al borde del lenguaje, intentando aferrarnos a los límites de la imaginación. Necesitamos arte, experimentación y disrupción radical para aprender otras formas de ver, sentir y conocer.
Considera esto como una invitación a experimentar formas de imaginar un tipo diferente de “nosotros” para catalizar la acción en el mundo.
Paso 1 | Nunca olvides esto: “nosotros” no somos “uno”
Dilo otra vez. Y otra vez. No podemos olvidarnos de seguir preguntando: ¿A quién evoca exactamente este Anthropos, esa figura situada frente al Antropoceno? La retórica antropocena llama “Hombre” al agente de su propia desgracia y, al mismo tiempo, lo ensalza como el único salvador viable del planeta: “Nosotros nos metimos en este lío. Sólo nosotros, los humanos, podemos salir de esto”.
Incluso cuando el pensamiento del antropoceno intenta llamar nuestra atención sobre los efectos abominables de nuestras acciones –y, en última instancia, asumir la responsabilidad por ellos–, todavía sitúa a los humanos como un agente singular, trascendente y separado de una naturaleza edénica en peligro de extinción. Estas narrativas vuelven a centrar, en lugar de descentrar, al “Hombre” como un agente con dominio natural sobre el futuro del planeta.
No te distraigas por la concreción equivocada de los esfuerzos científicos para articular los marcadores físicos y los límites temporales de una era geológica creada por humanos. Lo que estamos presenciando es la apoteosis de cinco siglos de violencia colonial, capitalismo extractivo, supremacía blanca, misoginia y la arrogancia del excepcionalismo humano. Capitaloceno y Plantationoceno son apodos apropiados para identificar las fuerzas que durante mucho tiempo han estado terraformando el planeta. Estas fuerzas destructivas no son impulsadas por todas las personas, sino por formas particularmente dañinas de moldear la vida a imagen del Hombre que se exalta a sí mismo.
Recuerda esto: no todo el mundo se siente evocado por esta figura o forma de vida. El capitalismo y el colonialismo no deben confundirse con la existencia humana natural o innata. No son consecuencias inevitables de la evolución humana o de la civilización. Pero estos han catalizado y condicionado nuestra situación actual: un mundo plagado de anti-negritud y otro tipo de raciscmos, expandiendo formas de extracción y esclavitud, emergencias climáticas y ruina ecológica.
Marisol de la Cadena llama la atención sobre aquellos Antropos-invisibles, cuyas vidas y tierras continúan agotándose en la acumulación de riqueza por parte de las potencias coloniales y neocoloniales. Estas son las personas que siguen siendo blanco de expropiación e incluso esclavitud –quizás especialmente– hoy en día, mientras el capitalismo pone firme su impulso por “ser verde” y “salvar el mundo”. No creas en la moda de la retórica sostenible. Los mundos construidos por el colonialismo y el capitalismo racial son inhabitables para todos nosotros.
Paso 2 | Rompe este mundo para hacer posibles otros mundos
No hay manera de “mitigar” la violencia del Antropoceno usando la lógica del Antropoceno. Rechaza los llamados a crear para el Antropoceno. Estas creaciones son precisamente lo que Erik Swyngedouw identifica como las “soluciones tecnológicas” que nos mantendrán atrapadas en los mismos ritmos de extractivismo y expropiación. Niégate a ser atraída a esos complejos de edu-entretenimiento sobre el cambio climático, como los Jardines junto a la Bahía de Singapur, cuyas infraestructuras de cemento, metal y vidrio reluciente y designs que requieren mano de obra y capital intensivos exponen con destreza la farsa de la sostenibilidad como una maniobra estética arraigada en visiones edénicas de la naturaleza. Este no es el tipo de verde que nos salvará.
Sí, ya se están produciendo apocalipsis a nuestro alrededor. La destrucción del bosque boreal para extraer betún de tierras indígenas robadas en Canadá es uno de esos apocalipsis. Sin embargo, entregarse al razonamiento apocalíptico es, en sí mismo, un tipo de estrategia de escape, una fuga fácil. La pornografía de ruínas, incluidas esas imágenes tan cautivadoras de plantas emergiendo de edificios abandonados en Detroit y Chernobyl, se nutre de esta narrativa de “un mundo sin nosotros”. La Tierra estará mucho mejor sin las personas, dicen. Cuidado con este pensamiento apocalíptico. El pensamiento del Antropoceno nos captura en una esclavitud del apocalipsis y nos pone a todos a trabajar, soñando furtivamente con el fin de los tiempos.
Tenemos que rechazar lo que Donna Haraway llama la “trágica detumescencia” de un arco narrativo que se centra en arrastrar al planeta entero hacia una catástrofe incontrolable. No te resignes a pensar que así tiene que ser, como si el apocalipsis fuera exactamente lo que hubiera sido.
Resiste la tentación del apocalipsis como si tu vida dependiera de ello. Frederic Jameson nos recuerda que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, pero la única manera de frenar el impulso del Antropoceno es romper el capitalismo y activar procesos de descolonización. Y aunque sea evidente que ha llegado el momento de desmantelar estas infraestructuras del Antropoceno, no hay necesidad de esperar hasta el fin de este mundo para empezar a evocar mundos habitables. Como nos recuerda Stuart McLean, todavía hay otros mundos en este mundo. Y, por ahora, hay mundos por venir. ¿Pero qué mundos serán habitables? Aimi Hamraie nos pide que cuestionemos el neoliberalismo y el capacitismo del concepto de habitabilidad: ¿habitable para quién? Es hora de repensar la constitución misma de este “nosotros” si queremos aprender cómo hacer que los mundos sean habitables para todos.
Paso 3 | Repite este mantra: “No estamos solos. No estamos solos. No estamos solos…»
Si analizamos los últimos quinientos años de esfuerzos para afirmar la independencia del Hombre Occidental en relación con la naturaleza –y su poder sobre ella–, queda claro que nunca se debe confiar en nosotros para que actuemos solos. El pensamiento del Antropoceno está tan obsesionado con la independencia del Hombre, la acción y la autonomía unilaterales, que olvida que hay otras fuerzas y poderes entre nosotros, incluidos aquellos con capacidades significativamente mejores en el ámbito de la fabricación de mundos y cambios a nivel planetario. En algunos casos, estos seres tienen miles de millones de años más de experiencia que nosotros en la terraformación de mundos habitables.
Paso 4 | Identifica a nuestro aliado más poderoso
¿Quién hizo que este planeta fuera habitable y respirable para animales como nosotros? Dilo en voz alta: los fotosintetizadores. Los organismos fotosintéticos forman una fuerza biogeoquímica de una magnitud que Lynn Margulis asegura que todavía no entendemos adecuadamente. Hace más de dos mil millones de años, los microbios fotosintéticos impulsaron el evento que ahora se conoce como la catástrofe del oxígeno o la gran oxidación. Estas criaturas alteraron dramáticamente la composición de la atmósfera, asfixiando a las antiguas criaturas anaeróbicas con vapores de oxígeno venenosos. Si continuáramos cayendo en la trampa de nombrar eras lineales, asociadas al tiempo, con nombres de agentes singulares, tal vez nos dejaríamos llevar por la idea de que vivimos en la estela de lo que debería haberse llamado el “Fitoceno”.
Los fotosintetizadores, como las cianobacterias, las algas, las plantas terrestres y los árboles, son los agentes de reordenamiento elemental más poderosos del planeta. Duygu Kaşdoğan nos muestra que la ciencia de la fotosíntesis, con sus métricas centradas en extraer valor de los seres verdes, está muy impregnada de la lógica del capital naturalizado. Estos seres verdes hay que entenderlos de otra manera; es decir, como practicantes de una especie de materialización alquímica y cósmica. Creemos que las plantas no pueden moverse, pero se extienden por el cosmos y recogen energía del Sol en sus tejidos para poder realizar su magia terrestre. Al capturar materia del aire puro, las plantas deben entenderse como magas productoras de mundos. Nos enseñan las lecciones más sutiles sobre la materia y la materialización.
Más poderosas que cualquier complejo industrial, las comunidades de criaturas fotosintéticas reorganizan los elementos a nivel planetario. Saben cómo crear mundos habitables, respirables y nutritivos en la tierra y el agua. Cuando expiran, forman la atmósfera; A medida que se descomponen, se materializan en fertilizantes y alimentan el suelo y los océanos. Sosteniendo la Tierra y sosteniendo el cielo, cantan en frecuencias ultrasónicas apenas audibles mientras sudan, moviendo enormes volúmenes de agua desde las profundidades de la Tierra hasta las nubes más altas. Limpian las aguas y nutren todas las demás formas de vida. Y para aquellos cautivados por una economía que fetichiza el carbono, quizás el arte más importante que practican estas criaturas sea el de absorber, con gusto, las emisiones gaseosas de carbono que los humanos generamos en tanta abundancia.
Decir que los bosques y los microbios marinos forman los “pulmones de la Tierra” es subestimarlos. Literalmente nos crean con su aliento. Todas las culturas giran en torno a los ritmos metabólicos de las plantas. Las plantas son sustancia, sustrato, soporte, símbolo, signo y sustento de las economías políticas en todo el mundo. Debemos aprender a trabajar con y para las plantas para que podamos disfrutar y ser nutridas, vestidas, protegidas y sanadas, sin destruir la Tierra.
Las plantas son las productoras de los mundos que necesitamos si esperamos crear mundos habitables. Y nuestros mundos sólo serán habitables cuando la gente aprenda a conspirar junto a las plantas.
Paso 5 | Fomenta conspiraciones con Plantas por todas partes
Repite esto una y otra vez: somos de plantas. Ahora bien, si esto es cierto, entonces la figura que debería informar nuestras acciones no es la del autoexaltado Anthropos, sino una figura extrañamente híbrida que podríamos llamar Planthropos. Ahora intenta pronunciar esta palabra hasta que salga de tu boca con soltura: Plantropoceno (sí, es raro y parecerá una tontería, pero date una oportunidad e inténtalo). Un Plantropoceno es una episteme aspiracional, no una era gobernada por el tiempo, que nos invita a crear nuevas escenas y nuevas formas de ver y sembrar relaciones planta-persona en el aquí y ahora, no en un futuro lejano. Tiene sus raíces en la sabiduría de antiguos y actuales proyectos radicales de solidaridad que las plantas ya cultivan con numerosas personas.
En lugar de circunscribir los horrores que enfrentamos ahora, el Plantropoceno es una invitación a aferrarnos a una forma de vida que rompería el tejido de la lógica del Antropoceno. Los Plantropocenos apuntan a los futuros unidos e inciertos de las plantas y las personas y exigen que cambiemos los términos de encuentro para que podamos convertirnos en aliadas de estos seres verdes.
El antropólogo Tim Choy hace un importante llamamiento a la formación de una conspiración de respiradores. Es una política apasionante en la que la gente aprende a conspirar, es decir, a respirar juntos, a luchar contra los efectos atmosféricos de la exuberancia industrial. Choy nos ayuda a pensar la conspiración de manera diferente, no como una asociación siniestra, sino como una forma de solidaridad para una política habitable. Es hora de ampliar su llamamiento hacia una conspiración respiratoria que incluya a las plantas. En otras palabras, necesitamos aprender no solo a colaborar con las plantas, sino también a conspirar –a respirar– con ellas.
Recuerda esto: lo que es bueno para las plantas es bueno para todas, humanas y no humanas. Mantente de su lado. Considérate a su servicio. Conoce las plantas íntimamente y en sus términos. Asegúrate de explorar tus inquietudes sobre formas de vida diferentes a la nuestra. Apoya sus esfuerzos para mantener la tierra fresca y las aguas limpias. Como nos recuerda María Puig de la Bellacasa, hay que dar a las plantas y a sus suelos espacio y tiempo para que florezcan fuera de los ritmos del extractivismo capitalista y de la violencia química de la agricultura industrial. Recuerda: necesitan a sus polinizadores; necesitan sus relaciones fúngicas; necesitan a sus aliados animales.
Sobre todo, necesitan que reconfiguremos cómo establecemos nuestras relaciones con ellas. De hecho, si las plantas adoran al Sol, tal vez nosotras deberíamos ser adoradoras de las plantas. Un poco de reverencia por las plantas nos ayudaría mucho. Inventa rituales. Funda un lugar en el que se pueda adorar a las plantas. No te preocupes: la reverencia por las plantas no significa que no puedas comértelas. Pero sí significa que estaría bien agradecerles por su generosidad. Piénsalo por un momento: si tuviéramos que mirar los planos para pedir permiso para usarlos, la agricultura industrial, la minería a cielo abierto, la tala rasa y la expansión del hormigón de la expansión urbana serían impensables. Pregúntales, ellas te lo dirán.









